
Para la Dra. Karla Rojas, cuidar una sonrisa infantil comienza en la escucha, la paciencia y la confianza. Desde la odontopediatría y su propia práctica, acompaña a cada niño en una etapa decisiva para su salud y crecimiento.
Doctora, ¿por qué elegiste la odontopediatría?
Descubrí que trabajar con niños reunía muchas de las cosas que me apasionan. No basta con realizar un procedimiento: primero debes ganar su confianza, aprender a comunicarte y comprender que cada uno tiene una personalidad y necesidades distintas.
También me apasiona la ortopedia de los maxilares. Atender a un paciente en crecimiento nos permite detectar alteraciones a tiempo y, cuando está indicado, guiar su desarrollo de manera más armónica y funcional.
No solo tratamos el presente; podemos generar cambios que lo beneficien durante muchos años.
¿Qué tipo de atención querías ofrecer al abrir tu práctica?
Quería crear un espacio donde los niños se sintieran seguros. Por eso intento ver primero al niño y después al paciente: hablarle de acuerdo con su edad, permitirle conocer el entorno y respetar sus tiempos.
Para mí, la confianza no es un detalle adicional; es parte del tratamiento.
¿Cómo procuras que su primera experiencia se construya desde la seguridad?
Hacemos que el niño sepa que tiene voz. Le explicamos lo que ocurrirá, recurrimos al juego y la distracción, y evitamos situaciones que puedan generarle ansiedad. También trabajamos con los padres: cuando el adulto transmite tranquilidad, el niño lo percibe.
¿Qué debe ocurrir para que consideres exitosa una consulta?
El resultado clínico debe ser bueno, pero el éxito va más allá: ocurre cuando resolvemos el problema y el niño termina más seguro que cuando llegó. Si entra nervioso y sale sonriendo, sabes que no solamente trataste un diente; construiste confianza.
¿Cómo equilibras la precisión médica con la escucha y la paciencia?
No son cosas opuestas. La actualización, el diagnóstico y la tecnología permiten tratamientos más precisos, pero ningún equipo sustituye la capacidad de escuchar a un niño o reconocer cuándo necesita unos minutos. Sin esa conexión, falta una parte esencial del tratamiento.
En consulta ¿Qué problemas encuentras con mayor frecuencia?
La caries sigue siendo uno de los principales motivos de consulta y todavía vemos lesiones que pudieron prevenirse. También encontramos alteraciones en la mordida y los maxilares, hábitos orales, problemas de higiene y traumatismos. La atención temprana evita que una dificultad pequeña se vuelva compleja.
¿Qué debemos cambiar como sociedad respecto al cuidado bucal infantil?
Debemos dejar de pensar que los dientes de leche son poco importantes porque “se van a caer”. Con ellos, el niño come, sonríe, habla y aprende; además, preparan el camino para la dentición permanente.
También debemos abandonar la idea de acudir al dentista solo cuando algo duele. La primera relación con el consultorio debería ocurrir desde la prevención. La infancia es demasiado importante como para normalizar que un niño viva con dolor dental.
Además de odontopediatra, diriges tu propia práctica. ¿Qué has tenido que aprender?
La universidad te prepara como profesionista, pero una práctica propia te obliga a aprender sobre administración, liderazgo, tecnología, manejo de personal y toma de decisiones. Detrás de cada consulta hay equipos, capacitación, coordinación e imprevistos.
Al principio piensas como doctora; con los años entiendes que también diriges un proyecto. Esa labor invisible permite ofrecer a cada familia la mejor experiencia posible.
¿Cómo te ha transformado construir un proyecto propio?
Me ha enseñado a confiar en mis decisiones, aprender constantemente y ser resiliente. Quiero seguir creciendo, no solamente en tamaño, sino en calidad: incorporar herramientas, mantenerme actualizada y construir una práctica reconocida por su nivel profesional y por la manera de tratar a los niños y sus familias.
¿Qué te gustaría que los pacientitos recordaran de la Dra. Karla Rojas?
Me gustaría que recordaran cómo se sintieron: que fueron tratados con respeto, paciencia y cariño; que encontraron un lugar seguro incluso cuando tenían miedo.
Si ese niño se convierte en un adulto que acude al dentista sin temor, cuida su salud y transmite esos hábitos a sus hijos, sería una de las huellas más bonitas de mi profesión.
Porque, más allá de los tratamientos, trabajamos con recuerdos de infancia. Y vale la pena procurar que sean buenos.